REQUISITO PARA LEER: Mírala. Tal vez, como suelo decir, no la halles por ningún sitio de Internet, pero siempre puedes buscar estas cintas en negocios o puestos de venta de pelis independientes. Esta película la he visto complacido de inicio a fin (sobre todo al final), y me siento imperturbable ahora. ¿Ven lo que hace un buen filme? Pasa, viajero lector, y juzga mi paz.
Los destinos turísticos siempre buscan darte como opción los parajes más recónditos y exóticos. Entre más alejado se hallen de cualquier enclave de la modernidad, más se encarecerá el precio para acceder a los mismos. Hay, en todo el planeta, lugares diseminados que evocan esa faz inexplorada de nuestro andar cotidiano; que por un momento nos absorben y nos hace retroceder a un tiempo donde sólo ese sitio primaba y las ciudades no existían. Pero nosotros y nuestras pasiones escondidas podemos crear un nuevo turismo: el íntimo. Donde con apenas pasar por un parque descuidado tenemos ante nosotros el escenario de nuestro primer beso; o mejor aún, sólo basta andar por un lugar olvidado, embebido en la soledad, para traer con nosotros a aquellos que fueron importantes alguna vez, y congregarlos alrededor nuestro. No importa que nadie más los vea, junto con nosotros compartirán meriendas, risas, anécdotas, y sobre todo, miradas.
Una reunión entre los que alguna vez fueron
con aquél que alguna vez les permitió ser.
Hace tres años paseé por zonas aledañas al río Paraná. Junto a mi familia, visitamos el complejo de cataratas de Iguazú, una maravilla compartida por tres países, a saber, Argentina, Brasil y Paraguay. El tema con estas zonas es que uno ciertamente no puede parpadear, acostumbrado como anda a las arquitecturas del concreto. El camino para llegar a este lugar, tuvo escalas igual de magníficas, como refugios de aves y, por entero, todo el bendito recorrido en carro desde una terminal en Buenos Aires hasta Misiones, y de ahí cruzar el puente internacional Tancredo Neves. Recuerdo que también llegamos a visitar los hitos de las Tres Fronteras, y durante esos tres días de recorrido gozamos, como era de esperar, de momentos hermosos y casi perfectos. Al menos yo (el hotel brasileño en el que nos alojamos tenía unos platos de carta libre... que ni les cuento: riquísimos). Eh, como decía, visualmente me vi atrapado por cada sitio al que arribábamos. Hubo un accidente y se volcó un bote que acercaba a turistas a una de las cataratas, eso lo recuerdo. Descontando esta fatalidad (murieron dos visitantes), todo salió bien. Aún hoy quiero, no sé, como que poder volar y meterme a toda esa zona y recorrer sus orillas, conocer a sus pobladores, sus espectaculares vistas al anochecer y a la mágica luz del alba, o en la hora azul. Me mueve un amor a la sensación de vivenciar tan de primera mano, las maravillas reales de la Tierra. Paraná ha ganado hoy día un nuevo caudal de contenido gracias al filme de Gustavo Fontán. Quiero estar donde él estuvo, y tocar con mis manos el suelo y el río que le dio vida a esta historia de nostalgias imperiales (¡salud [con agua nomás] por Vallejo!).
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